Cuando abrimos la caja de los males, y nos hicimos libres. Cuando la abrimos y el medio lleno pasó a ser la otra mitad, y en un viaje infinito nos adentramos a través de una ventana, con vistas al mar.
Cuando tus ojos dejaron de ser verdes y yo te escribí dos palabras en un papel, y ese yo carcomido por los recuerdos se quedó en el ayer. Cuando las esperas no desesperaron, cuando abrimos esa caja en la que años atrás te había guardado, sentada en un andén.
Cuando fuimos inocentes, infantiles, indecentes; cuando en el filo de tu navaja, fuimos diferentes.
Cuando el final alternativo se reinventó, y una historia entre tangentes, a través de azúcar y a un millón de años luz despertó.
Cuando dejaste de ser un cobarde, cuando comencé a luchar, cuando de un modo u otro, aprendí a mirar a través de tu cristal.
Cuando los puentes se hicieron fuertes, cuando nos vieron crecer; cuando apartaste la espada y solo estabas tú, luego yo, detrás la pared.
Cuando desempolvé mi viejo lápiz, ese que siempre me hablaba de ti. Cuando entre locos, entre cuerdos, y recuerdos, encontré una foto y una nariz.
Cuando nos volvimos imprecisos, inexactos, indecisos. Una milésima de segundo, después la vida, el rojo, el verde, el Big Bang y el mundo.
Cuando saltamos y no caímos, cuando hablaste y yo decidí, cuando al borde del punto final, comencé a disfrutar al verte dormir.
Cuando la vida recobró su curso, cuando se desbordaron los ríos, cuando estalló el universo, y los libros de tu desván, latieron por sí mismos.
Cuando en la eterna batalla, manchado de barro hasta los dientes y con heridas de bala, ganó el corazón. Cuando tu piel murió, y en su lugar mis dedos, sedientos, cansados, moribundos y hambrientos, dibujaron una canción.
Cuando te intuí, cuando te “indescribí”, cuando cerré los ojos y vi todo lo que podía ver.
Cuando saltamos sin miedo, sin nada que perder. Cuando dejamos de querernos, y aprendimos a querernos bien.
Quizás…aun no estemos preparados para el presente, quizás los fantasmas, al final, siempre vuelven. Quizás ahora, cuando nos miremos a los ojos, ni siquiera nos conozcamos; quizás el camino finalizó hace mucho y no supimos verlo. Quizás ni si quiera exista tal camino, solo sea la bruma de esa resaca que no nos deja dormir.
Quizás ahogamos los sueños, quizás rompimos nuestras voces, quizás gritamos tanto al viento que nos olvidamos de escuchar.
Quizás de tanto correr, salimos por la tangente; quizás ahora, nunca sepamos caminar de otro modo, que no sea a contracorriente.
Quizás la vida, por ser como es, nos hiele el corazón, y tras el hielo, no quede nada, solo los restos de ese ayer que nos atormentará, y las fotos, con sonrisas carcomidas por el tiempo, en mi vieja y dolorida pared.
Quizás ahora, me mire en el espejo y ni siquiera me reconozca, quizás tanto intentar reconstruirlo haya perdido la cordura que un día creí tener. Quizás, cuando todo esto termine, pueda pensar con claridad.
Quizás hoy tengamoslas manos jóvenes y las sonrisas ancianas; quizás, de tanto vivir deprisa, dejamos el alma balanceándose en un columpio, con la suave brisa de aquel otoño que nunca volverá.
Quizás no estuvimos preparados, o quizás lo estuvimos tanto, que nos faltaron ganas para luchar.
Quizás nos dimos cuenta tarde, quizás no nos demos cuenta jamás; quizás, aun sigamos, mirando el futuro, tras esa cortina de humo de ciudad.
Quizás nos creímos fuertes, quizás nos creímos invencibles; quizás nos creímos tan grandes, que el propio yo se vio obligado a salir, por la puerta de atrás.
Quizás aquellos colores eran blanco y negro, nada más. Quizás eran fantasmas, pintando lo que creímos realidad, lo que creímos tocar, con la punta de los dedos, mientras perdíamos la batalla más importante de nuestras vidas, mientras perdíamos el corazón, la esencia, el espíritu y la voluntad.
Quizás el norte de la absurda brújula se cansó de tanto bailar. Quizás cuando termine la tormenta, no sepamos qué era amar. Quizás vaguemos sin manos, ciegos, borrachos de soledad.
Quizás ya no queden niños, quizás ya no quede verdad. Quizás al final de todo, no tengamos ni donde descansar, ni donde cerrar los ojos, ni un sol al que mirar.
Quizás las palabras que guardamos, nos asfixien y nos hagan despertar.
O quizás no despertemos nunca, y como cada noche, desde lejos, yo te siga escuchando llorar.
Las palabras sirven para comunicarnos, para expresar un día cualquiera, sentado en un bar, que los príncipes azules se conocen antes o después del primer beso. Las palabras pueden hacerte llorar, en el andén de la estación, porque ya no hay más tiempo para pronunciarlas; porque en ese justo momento te arrepientes de no haber dicho tantas cosas que tienes guardadas…y ahora te asfixian.
Las palabras nos hacen libres, y también nos condenan…y no hay peor condena que las palabras.
Las palabras se dicen, se piensan, se escriben, pero sin duda, lo que más me gusta de las palabras, es que son etéreas; pueden olerse, percibirse, sin necesidad de que los labios se despeguen.
Las palabras pueden oírse, en unos ojos verdes, llenos de vida, que sonríen, cuando callada la boca, ellos lo dicen todo. Dicen te quiero, y es el te quiero más sincero del mundo, porque no hay mejor comunicación que el lenguaje en silencio.
Las palabras se callan, una noche cualquiera, cuando hay alguien al lado.
Las personas van y vienen, se alejan, vuelven, pero sin duda las palabras perduran en las hojas de un diario, en folios perdidos, en la mente y en los sueños.
Bailamos, desesperados, en la cuerda del amanecer, en el fino hilo que separa la ficción de la realidad, la noche del día, bailamos, hasta que los pies se volvieron polvo, y los recuerdos de un ayer mejor se convirtieron en eso, recuerdos, películas de cine mudo, en las que poder escribir un final, tu propio final.
Bailamos hasta quedar extasiados, hasta que el aire de mis pulmones se agotó, se evaporó, se escapó corriendo tras ese abril, que puede, nunca volverá…o quizás sea hoy.
Bailamos, en la mejor de las épocas, o eso era lo que creímos, bailamos, hundimos los días en copas de alcohol, mientras que podíamos leer en los restos de rojo sobre el filo, los versos de un mundo, en el que no quedaba nada por hacer, solo bailar.
Bailamos, en los flashes de la juventud, de la vida que prende mecha segundo tras segundo, como si el tiempo se escapara, como si fuéramos conscientes de ese hoy que nunca volverá. Bailamos, porque nos sentíamos vivos.
“¿Y qué es ser feliz?” Me preguntaste, mientras yo, hundía mi cabeza en el suave olor de tu cuello.
Aquella noche no pude dormir muy bien, aquella pregunta me taladraba el cerebro, mientras mis pies, no paraban de moverse, quizás fuera insomnio, quizás resaca de felicidad, resaca de bailar, porque bailando nos hicimos fuertes, nos hicimos a nosotros mismos, nos conocimos, nos miramos, todo cambió o todo fue igual…qué más da.
Todo comenzó o siguió. Nos hicimos jóvenes, pusimos el mundo a nuestros pies, aunque quizás, nadie lo entendiera...
Y ahora, con las copas medio llenas o medio vacías…solo nos queda bailar, eso sí, al son de nuestra propia melodía, esa que aquel maldito abril, me atrapó, hasta el final, nos pese o no.
Las emociones, son viscerales, o nos salen por la boca, o nos asfixian. Los malos momentos, por suerte o por desgracia, pasan…como los buenos. La vida, al final, efímera como es, acaba corriendo su curso, y queramos o no, solo somos espectadores, solo somos aquel que mira, y sonríe o llora, pero solo mira.
Las emociones, viscerales, acaban con nosotros o nos hacen grandes, nos llevan a precipicios, y saltamos. Saltamos porque tenemos miedo, porque el miedo es frío: duele y asfixia. Saltamos porque nos quedamos sin voz, corremos en el último segundo…y nos dejamos llevar.
En ese instante de ingravidez, sentimos que flotamos, esa sensación nos gusta, nos sentimos pequeños, nadando en el líquido amniótico, protegidos. Nos sentimos pequeños, y eso nos gusta, porque ser pequeño implica no pensar demasiado, no tomar decisiones, no hacerse daño, y no sentir la necesidad de correr, de saltar, de llorar, de morir en una décima de segundo por el miedo al choque.
Las emociones, son viscerales, pero todos esperamos, que lo que hoy nos ahoga, mañana nos haga respirar. No queda más remedio que la esperanza, que al fin y al cabo, es una emoción más.
Y cortó su cabello, y al instante, se convirtió en una mujer. Ganó peso, no le importó. Intentó, a través de las palabras, unir lazos con la gente que más quería. Las palabras eran muy importantes, por suerte, no era muy tarde para darse cuenta.
Cortó su cabello, y no fue ni mejor ni peor, fue diferente. Aprendió a mimetizarse con su entorno, y a hacerse notar desde el silencio. Aprendió que no todo es aprendible, pero que intentarlo es una virtud que no dejaría escapar.
Cortó su cabello y decidió tomar aire fresco, preocuparse por las cosas importantes, por la vida; decidió ser ella la dueña de su destino. Dejó de escuchar al resto. Ahora hablaba tranquila, serena, ahora nada era igual.
Lo cortó, y al cortar su cabello, cortó con todo lo anterior. Cambió su rostro serio por una sonrisa serena, paciente, constante. Cortó el aire que, asfixiante, la había ahogado. Cortó con todo lo que no le gustaba, y siempre había callado.
Cortó su cabello, y su mirada, más profunda que nunca, dejaba entrever feminidad, seguridad, y fuerza…mucha fuerza. Lo cortó y gritó fuerte su nombre, gritó qué era todo aquello que no sabía aun. Se volvió aire en un mundo de humo, pero no desistió.
Cortó su cabello, y emanó de sí misma, mientras rodeada de un universo sedentario, decidió sumergirse en su líquido amniótico, decidió que sería ella quien cortara su propio cordón umbilical, solo cuando estuviera preparada.
Cortó su cabello y por primera vez se preguntó quién era, qué buscaba, dónde quería llegar, y con quién...por primera vez, fue libre.
Cortó su cabello y se sintió sola, muy sola, pero se sintió feliz consigo misma, y aprovechó ese momento para reflexionar. Cortó su cabello, y dejó de crecer, para hacerse grande.
Que en realidad, y a pesar de todo, quizás no estemos tan solos en el mundo como piensas, pero no está mal estar preparado, para cuando llegue la verdadera tormenta.
Cortó su cabello y dejó de intentarlo, para conseguirlo.
Corremos tras un futuro incierto, lleno de tapias y recovecos, de rincones absurdos donde chocar, de paredes inmensas en las que adentrar. Adentrar, adentrar para buscar, y quizás para no encontrar. Corremos tras las ventanas que a veces creemos abiertas, para escapar, para intentar mirar a través de otra realidad. Y encontramos otro hueco, con el que colisionar, otro espejo en el que pasar. Pasar, los días vacios, sobre la cuerda floja de la felicidad. Sonrisas tenues, miradas frías, aliento seco, vaho desalmado en mañanas de un extraño rocío áspero.
Pero corremos, como si la vida nos fuera en ello, confundiendo imágenes, sonidos, en un extraño viaje al submundo de nuestros sueños, de aquello que creemos no real.
Y corremos, para morir contra la vida, para vivir contra la muerte, para perder en el azar, para ganar las batallas que inexistentes, pintamos de azul emborronado en la triste cruz de la moneda. Trazos al aire, flashes, ecos, movimientos premeditados, pasos de baile, puntillas, colorete y una nota en el colchón.
Sin sentido, corremos, buscando un norte o un sur, sin darnos cuenta que este círculo carece de puntos infinitos por los que volver a caminar, o a correr inflexivamente, mientras el trompo sale de órbita, y lo que ayer creímos futuro es tan obsoleto como la teoría del espacio en un universo plano.
Querida yo misma, hoy paseando por la calle, me acordé de ti. Me acordé de una boina perdida por frankfurt, me acordé de las horas de avión. Cómo no, recordé unas medias rosas de lunares, de Portobello Road. Recordé las horas de espera, y las horas de desesperación. Recordé un diario, con una hoja de menta en la página número 22. Recordé tus manías, recordé cómo te mordías las uñas, porque tus nervios no te dejaban respirar. Recordé cómo te gustaba dibujar…me acordé de algún abrazo, de las despedidas en la estación.
Querida yo misma, hoy me apetecía hablar de ti. Me apetecía hablar de tus miedos, de tu “personalidad” que como alguien dijo, a veces, tira de tu “persona”. Me apetecía hablar de tu música, de aquellos conciertos que te hacían llorar. Tenía ganas de ver tus fotos, de sentirte cerca, aunque estés tan lejos.
Querida yo misma, me acordé de cómo querías la vida, de cómo odiabas el humo. Me acordé del frío que sentías al sentirte industrial. Me acordé de ti, y te vi, en un cine, emocionada, mientras el resto era indiferente. Me acordé de cómo te importaban los sueños, de cómo luchabas, por ti misma, por encima de todo. Recordé tu fuerza, tu persistencia. Sonreí, al recordar cómo conocías las constelaciones, y eras muy feliz por ello. Sonreí también, cuando te ví, lejana, con dos folios, intentando hacer rosas de papel.
Querida yo misma, hoy me acordé de ti. Recordé las palabras que no dijiste, pero sobretodo, aquellas que a veces, se te escapaban de los ojos. Recordé tu obsesión por los vasos medio llenos, o medio vacíos. Recordé las carreteras secundarias y lo grande que veías el mundo bajo el edredón. Recordé cúanto te preocupaban los espejos, recordé tu insomnio, las noches sin dormir.
Te recordé en un tejado, fumando, mientras Marilyn parecía susurrar la respuesta en el viento. Te recordé, con tus antítesis, con tu pasión por el sabor dulce, con tu amor por el olor a sal. Te vi, tumbada al sol, con los ojos cerrados…parecía que no necesitaras más.
Tu amor a los vinilos, esa tendencia absurda a guardarlo todo, a llenar las paredes. Tu locura.
Querida yo misma, hoy me acordé…me acordé de cómo amabas escribir, y lo difícil que a veces te resultaba hablar. Recordé un sabor, a fresa. Un color, el blanco. Un número, el dos. Las margaritas. Tu cara, y tu cruz. Recordé tus ilusiones, tus temores, tu apuesta por la vida. Recordé tus folios de colores. Y tus fracasos…los recordé todos.
Te recordé excéntrica, buscando explicaciones a todo aquello que te rodeaba, a aquel universo que no comprendías, pero del que parecías dueña; ese mismo que en el fondo te hacía sentir muy pequeña.
Recordé tus inseguridades. Tu indecisión. Tus intentos, casi siempre fallidos, de cambiar el mundo.
Querida yo misma, hoy paseando por la calle me acordé de ti. Recordé los besos que diste, pero especialmente, los que no diste. Te recordé, intacta, tangible, como si aún fueras real.
Querida yo misma, hoy te recodé, recordé lo que fuiste, y todo lo que no llegaste a ser. Recordé que te sigo necesitando, y que en el fondo, te echo de menos, tanto como ayer.
En esta habitación, que cada día, más angosta, nos acaba asfixiando. En esta habitación, de paredes antes vacías, en la que ahora cada una de esas miradas cómplices se vuelven en nuestra contra. En esta habitación, que antes era abierta, con un sol del tres al cuarto, que creía sonreír eternamente. En esta habitación, de colchones ruidosos, de noches en vela. En esta habitación, de vasos vacios, de carmín en el cuello de tu camisa, de pendientes olvidados sobre la mesa. En esta habitación, en la que más de una vez bailamos, en la que más de una vez lloré, en la que tantas veces sonreí. En esta habitación, de experiencias sensoriales, de amaneceres deslumbrantes. En esta habitación, que ahora se ha vuelto pequeña, en la que hemos crecido demasiado. En esta habitación de sueños, de cuentos y racontos, de gatos sin dormir. En esta habitación, de historias escondidas en los rincones, de esquinas construidas con minucioso cuidado. En esta habitación de éxtasis y locura. De sonidos evocados, del roce de dos pieles. En esta habitación que ahora, a pesar de ser pequeña, nos queda tan grande. En esta habitación en la que ahora me quedo sin respiración, cuando ayer los suspiros eran su único color. En esta habitación de poemas olvidados, de viejas canciones, de corbatas por el suelo y una nota bajo la almohada. La almohada, esa, ayer iluminada. En esta habitación, de olor a melancolía. En esta habitación en la que ahora solo hay tormenta, a pesar de los 31 grados del exterior. En esta habitación, en la que ayer fui tan, tan feliz. En esta habitación en la que solo se respiran palabras, sean en el idioma que sean…
“Somos personas normales y corrientes. Somos personas como tú…”
Comenzaba nuestra propia jornada de reflexión. Parémonos a pensar en la palabra “reflexión”, según la RAE “Considerar nueva o detenidamente algo”. Con este significado veo bastante viable y legal el análisis e inspección de la actualidad que hoy, un puñado de españoles, han vivido en Nibelungenplatz y muchos otros lugares del mundo.
Éramos muchos, de todas las edades, reunidos junto al Consulado español en Frankfurt. Los eslóganes, frases y demás reivindicaciones llenaban los pocos huecos que quedaban vacíos en aquella plaza, pero unas palabras eran las más repetidas de la mañana: “¿puedo ayudar en algo?”.
El espíritu colaborativo lo invadía todo, cada uno aportaba su granito de arena, su pegatina, o su rotulador para escribir bien grande un símbolo nunca antes visto en una manifestación; era: #.
Porque somos una nueva generación, con nuevos modos de comunicarnos, de relacionarnos y de hacernos notar; con nuevas consignas, nuevos gritos y nuevas ideas. Porque ahora los problemas han cambiado y los llamados “NiNi” ni aguantan ni consienten más.
Son muchos los que hablan del botellón, de una juventud apolítica y pasota. Pues ahora hemos protestado, nos hemos reunido, de modo asambleario, sin ninguna cerveza en medio y con muchas ganas de acabar con aquello que no nos agrada, aunque parece que esto ahora tampoco termina de gustar.
Algo falla, y tenemos que asumirlo, por ello no es de extrañar que hayamos hablado, tarde o temprano la situación no se sostendría más. Nos hemos manifestado con bastantes propuestas más o menos aceptables, debatibles y moldeables, pero ninguna alocada. Un espíritu de cambio, pacífico, con folios que poner sobre la mesa, de ciudadanos de a pie, que trabajan día a día de forma productiva en España o en un país extranjero, para intentar salir adelante.
Esta es nuestra causa, la de todos, una reivindicación, un intento de buscar soluciones a un problema que nos pertenece, y al que no debemos de hacer oídos sordos. Cierto es que la fórmula mágica no existe, que es algo complejo que no se resuelve con eslóganes facilones, pero entre esas multitudes hay ideas, hay formación (más de la que muchos altos cargos poseen) y ganas de cambiar aquello que aún no se ha conseguido. Entre esas multitudes están los futuros ingenieros, psicólogos, arquitectos, pero también los futuros ministros y ministras, los presidentes, así como su futura oposición. No he encontrado ninguna muestra de desafección política, entre una población de todas las edades que no pedía que le regalen nada, pedía un poco de cordura en una actualidad política, que si me permitís, da un poco de vergüenza.
Esta mañana nos daba igual que no hubiera cámaras, ni periodistas, ni algún medio físico que permitiera hacer llegar nuestras voces, cansadas tras tres horas, hasta algún estamento competente, hasta nuestro país.
Daba igual. Había una idea presente, un sentimiento común, que nos unía, y nos hacía creer que aunque no podamos cambiar nada, es nuestro DEBER intentarlo.
“SOLO PEDIMOS UN PAÍS DIGNO AL QUE PODER VOLVER ALGÚN DÍA”. Y es que pesar de los 30 grados alemanes, el vello se erizaba…era emoción, quizás orgullo.
Doscientas personas, lejos de su casa, de su idioma y costumbres, querían unirse a las voces y las horas de sueño de los que desde Sol, Plaza de Catalunya y más de 80 ciudades en España, decidían romper su silencio y formar parte de una nueva marea.
Cada uno de una edad, con una historia que contar, un con motivo propio y personal por el que protestar, un motivo diferente, de más o menos importancia, pero todos con un trasfondo común: el cambio.
El cambio de unas injusticias que condicionan nuestro día a día, que enriquecen a muchos y dejan sin futuro a los jóvenes, cuando se supone que el futuro somos nosotros. No somos marionetas, por eso hemos hablado, por un cambio. Cambio de las irregularidades, deudas, corrupción, abusos, ostentaciones, privilegios, recortes y especulaciones. Cambio de los coches oficiales, de los imputados, del lujo y actos lujosos, de las pensiones vitalicias, de los engaños. Cambio de una clase política actual que menos política hace de todo. Cambio hasta llegar a la sociedad que queremos, aquellos que vivimos realmente en ella.
Y esta es nuestra generación, es nuestra juventud, y he de decir que me siento muy orgullosa de ello. Por primera vez en nuestra Historia y sirviendo de precedente, en plena campaña electoral, cuando abrimos el periódico no nos encontramos a los mismos de siempre, diciendo las mismas cosas de siempre, en medio de mítines vacuos, que carecen de contenido, y que hay que decir que cuestan bastante dinero, dinero que por supuesto, pagamos entre todos. Esta vez la imagen era una plaza, en la que no cabía un alfiler, y la frase no era “Vota a P y lo que siga”, eran unos eslóganes bastante más elaborados y con más sentido común. Esta vez, la portada era el pueblo, y no es algo tan descabellado, ya que como país demócrata la voz pertenece al pueblo, y era hora que despertáramos, que leyéramos, que viviéramos al pie de la actualidad que tanto nos concierne.
Como ciudadanos tenemos la obligación de analizar cómo vivimos, tenemos la obligación de criticar lo que no nos gusta y pelear por lo que queremos. Tenemos la obligación de intentar evolucionar, de informarnos, de ser informados, de exigir y sobretodo tenemos la obligación de mejorar.
Y tras la tormenta, llegará la calma. Puede que todo este barullo, realmente no sirva para nada, hay muchas posibilidades de ello. Pero si con esto, se consigue que por un segundo aquellos que tienen el poder, también hagan una jornada de reflexión, tanto legal como moral y éticamente, habrá valido la pena.
He de decir que mañana volveré a acudir al Banco Central Europeo, porque puede que no nos quieran escuchar, pero al menos, nos van a oír.
Y como dijo Gandhi: "sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo"
Quizás deberíamos empezar desde abajo, desempolvar los besos que no nos dimos, recordar las miradas, que por el hecho de ser miradas, se transformaban en un mundo. Un mundo psicodélico, lleno de olores. Olor a almendras, el de tu pelo.
Quizás deberíamos reconstruirnos, buscar una arista que nos recuerde cuánto se parecían las tangentes a aquello que creíamos nuestro. Quizás deberíamos olvidar al resto, y bailar, bailar como si nadie nos mirara, como si realmente creyéramos que todo esto es un teatro, y en algún momento merezca la pena apostar.
Puede incluso, que si empezamos desde abajo, nos reconozcamos a nosotros mismos, sin espejos, ni imágenes distorsionadas, de cuando a docientos kilómetros por hora crees ver muerte al otro del parpadeo. Muerte, o vida, porque no lo sabes muy bien.
Quizás reconozcamos a ese yo olvidado que a veces, dejamos colgado junto con las camisas blancas al sol. Al sol de la desesperación, de las horas perdidas, que puede que nunca volverán.
Volvamos a lugar donde te conocí, y entonces, solo entonces, quizás no sea necesario empezar volver al inicio ni contar para detrás. Quizás entonces bailemos, y tú seas tú. Quizás yo, seré yo.
Quizás deberíamos empezar desde abajo. Y que los inútiles relojes vuelvan a sonreír. Y que lo que ahora llamas cuerpo, sepa a sal. Y que los gatos sigan siendo gatos.
Quizás deberíamos, deberíamos…quizás debamos de dejar de esperar.
Y ahora las aceras están vacías, Y en los ojos no quedan miradas, y yo desde un desierto estoy tan desahuciada como ayer.
Y ahora las aceras están vacías, y en los bolsillos no queda más papel, mariposas sin nombre, que vagan buscando lo que un día fue libertad, lo que han perdido corriendo absurda y repetidamente tras el eterno anochecer.
Aire, solo aire, es lo que hay tras la cortina de humo que cubre mi cuarto. Aire que no utilizo, porque ya no hablo, solo escribo. Aire que malgasto. Aire que se escapa, con olor a desengaño.
Y ahora la vida va y viene, ahora juega a ser tan pequeña como yo.
Ahora lo poco que sé se vuelve en mi contra, y las noches desesperadas vuelven, aparecen, desaparecen, se alargan, se acortan, se hacen ligeras y livianas, como las palabras. Frías, lejanas, rotas.
Y ahora, que las aceras están vacías, busco algo que me ayude, que me saque, algo que sepa a lo que antes llamaba vida.
Y volvió un recuerdo, una sonrisa, una mueca de satisfacción emborronada, que golpeaba mi cabeza. Y volvió tu recuerdo, siroco de vida, rompiendo el castillo de naipes que tanto me costó construir.
Y volvió, no sé muy bien si para quedarse, pero el cepillo de dientes de mi baño me pareció muy solo, y las fotos de sonrisas se convirtieron en algo tan banal como las esperas en los aeropuertos.
Volvió con una mariposa, de las alas rotas, de cabeza gacha, con los colores caídos de tanto volar, de volar tan lejos. Volvió y me susurró al oído aquello que yo no quería oír, o lo que tanto tiempo llevaba esperando, las palabras que importantes, quedan olvidadas en las hojas perennes de un otoño olvidado.
Volvió con tus silencios tras la espalda, y tus caricias en los huecos que en el aire, parecía dibujar. Volvió para decirme que quizás tras el mundo que creo mundo solo haya un final, escrito en magenta, cian y gris.
Arquitectura etérea, la que aquella mañana se asentaba en cada recoveco del paisaje, mientras alguien, sentado a lo lejos, me observaba juguetear con una mariposa encorvada, que volvía para destruir, construir, y volver a hacerlo todos pedazos otra vez.
Volvió, mientras yo fumaba, sentada en mi balcón, esperando que un viento huracanado decidiera un destino mejor para mí. Volvió mientras de alguna manera, creo que la esperaba.
Qué era la vida. Eso me preguntaba yo, mientras hundía mis ojos en sus ojos, que eran de whisky. Qué era la vida, pensaba, mientras veía mi juventud y adolescencia pasar en fotos en blanco y negro, en flashes absurdos y luces de neón, como una película sin final, esa que nunca llegué a comenzar.
Qué era la vida, y mientras me lo preguntaba, pensaba en que fui ayer, en que busco, mientras me ahogo, aun, en vasos medio vacios. La vida era…y ahora no es. La vida fue, y al final, se fue, salió como los cobardes, por la puerta de atrás. Al final se fue, una noche en la que todo fue pesadilla y desesperación.
La vida lo era todo, en aquel preciso momento, y ahora que solo quedaban suburbios abandonados, balcones en llamas y gritos en la noche, ahora me daba cuenta de que la vida pasa, y como en toda actuación, al rojo, rojo telón, le toca decir adiós.
Y al final me despedí, sí, de la vida, de lo que fue, de lo que puede que nunca será, mientras intentamos reconocer constelaciones con los ojos vendados. Al final descubrí que la vida se gana, se pierde, pero al fin y al cabo, siempre se vive.
Qué era la vida. Eso me preguntaba yo, mientras una mariposa susurraba a mi oído que quizás, aquella pregunta, era vida.
lunes 28 de febrero de 2011
EL SECRETO DE CASIOPEA participa en el III CONCURSO BLOG UCLM http://extensionuniversitaria.uclm.es
Oí la puerta cerrarse. Abrí los ojos. Tú ya no estabas.
Subí estrepitosamente las escaleras, a zancadas, de dos en dos. Como los besos que la noche anterior perdí por tu cuello olor a almendras, color a día de otoño soleado.
Sí. Había una nota sobre la mesa. Mirándome desafiante.
Esta absurda ciudad amanecía con un cielo gris oscuro, o al menos eso me parecía a mí. Me senté a escribir un poco, y tu foto en la pared parecía hablarme. Creí oírte decir “no te vayas” pero era demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde…
“Un paseo por el parque no me vendrá mal” pensé. Así que me perdí entre una atmósfera mezcla de primavera anticipada y despedida.
Alguien tocaba la guitarra y cantaba algo que me pareció decía “…olvidaron construir, un hogar donde no queme el Sol, y al nacer no haya que morir…”. Solo faltaba tu mano caminando conmigo. Solo faltaba que este monólogo fuera un relato dispar. Pero no fue así. No aparecías más que en mi cabeza. En la absurda búsqueda que emprendí aquel día.
Me senté en el frío césped y comencé a dibujarte. A dibujar tu rostro milímetro a milímetro. Tenía tu imagen tan grabada que a veces pensaba que yo misma la había creado. Yo y mi fértil creatividad infantil…
Regresé a casa e hice las maletas. Todo estaba preparado. El billete de avión en el bolsillo izquierdo de mi pantalón y la esperanza de verte aparecer en el aeropuerto un minuto antes de despegar rondaba mi cabeza, pero ese momento no llegó “pasajeros, el avión va a efectuar su salida”, retumbó como un chillido en mi cerebro.
Y así fue. Como austeros oficinistas engominados, encorbatados de gris, fuimos embarcando uno por uno, todos por igual, sin importar el pasado de ninguno, ni siquiera el presente, sin que nadie preguntara porqué tenía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar.
Las cuatro horas de avión me parecieron eternas, ¿estarías pensando en mí? Quizás, muy lejos de aquel cielo, tu mano se apoyara sobre el frío cristal de tu ventana, frente a la mía en la del avión, quizás estuvieras tumbado viendo aviones pasar, mientras jugabas a adivinar en cuál iría yo. Quizás fantasearas con la idea de que hubiera llegado tarde, de encontrar mi billete hecho pedazos en un charco, pisoteado por la multitud, y yo tomando un taxi de regreso a casa.
El viaje fue tranquilo, aterricé con una mezcla de desasosiego e ilusión. Dejé el equipaje, carmín rojo, y me dispuse a perderme por las calles de aquella ciudad. Las encontraba tan atractivas que unas ganas de explorar cada rincón despejaban mi cabeza taladrada aún por el jet-lag. A cada paso se abría inmensa para mí una oportunidad.
Te imaginaba allí, en algún lugar cerca de mi sombra, tras el sonido de mis tacones. Caminé durante horas. Te escribí versos que no merecían la pena. Fumé. Leí. Y en algún momento creo que lloré. Lloré y aún no sé muy bien por qué. Cogí mi móvil, y amagué llamarte un par de veces. Al final me llené de valor y conseguí no colgar. Tu móvil desconectado, rompía con cualquier posibilidad futura de conexión.
Recordé tu nota “te echaré de menos”. Recorría sola el escenario de la que podría haber sido nuestra función. A lo lejos un inmenso puente me invitaba a caminar. Inflé mis pulmones, y por primera vez en el día respiré. Sonreí. Era dueña de mi destino. Sí, sonreí.
Oí unos pasos tras mi espectro, que caminaba sin posar los pies en el asfalto. Me seguían.
Finalmente giré el rostro, sin dejar de caminar. Fue una aparición. Tus ojos verdes clavados en mí.
No sé si lloré. No dije nada. Solo cogí tu mano y el mundo pareció diminuto…
Oí la puerta cerrarse. Abrí los ojos. Tú ya no estabas.
Despertó, un día cualquiera, de cualquier mes. Supongo que sería un veintitantos, porque el dos era su número favorito.
Despertó con resaca, la resaca de no poder dormir. Creo que los fantasmas siempre vuelven por la noche. Despertó y miró la pared blanca. Olor a café recién hecho.
Se sentó en el borde de la cama, la cabeza hundida entre las manos, y pensó en como aprendemos los hombres las palabras, pensó en el mecanismo necesario para incorporarlas a nuestro vocabulario. Recordó lo difícil que es a veces que salgan palabras, y lo fácil que es, otras, dejar la pluma bailar por cualquier hoja virgen.
Recordó imágenes, que como flashes, le llevaron a un vertiginoso viaje en el tiempo. Recordó cada una de las palabras, de sus palabras. Recordó los suspiros, las desesperaciones, el amor escrito en la lista de la compra.
Recordó su coche, esperando en una puerta, la luz que se dejaba ver, tras la siempre mal cerrada puerta de la habitación.
Los recordó, juntos, sentados en un banco, comiendo un helado, tumbados.
Recordó, supongo, también, cada lugar, cada recoveco de ciudad, que habían recorrido de la mano. Se me ocurre que lo mismo pasó con la cama. La recordó. Recordó los versos, los besos, los miedos. Recordó cada pedazo de papel pintado, con olor a felicidad.
Recordó la sonrisa, que se desdibujaba en papel fotográfico. Recordó la luz de su viejo estudio de revelar, roja, como los labios, como la sangre.
Recordó, y de tanto recordar olvidó quizás lo más importante...
La insoportable realidad nos hizo presos, nos ató, desató, y envió a un universo, paralelo, por el que no paraba de correr. Lo recordé, con su cabello suelto, caballo alado, que varaba a orillas de mi falda blanca, bailando, al son de canciones que nos susurraba el viento estival de aquella playa desierta.
Lo recordé, con todo lo que nos unía, y nos separaba, con un sexo intrínseco sobre mí, con un amor que me abrasaba la espalda, mientras mi falda blanca, seguía bailando, al son del tintineo de las velas, aún encendidas.
Recordé sus susurros, sus sonrisas, sus gritos, sus lágrimas. Recordé, y recordando vi la vida pasar, película de cine mudo, que lo decía todo, en silencio.
Petrificada me recordé a mí misma, a orillas de su barco. Sus olas rugían, me abrazaban, me invadían y devoraban, su cabello, se elevaba, más allá de las claras nubes que descubrían un cielo virgen, como los días de aquel verano.
Labios con sabor a sal, cicatrizaban mis heridas, creando un cuerpo inerte, capaz de rozar un infinito con la yema de los dedos, quemados.
Lo recordé, pensé en la insoportable realidad, y miré la foto sobre la pared.
Siempre podría viajar en el tiempo, volver a aquella arena, a la luna que tímida nos envolvía mientras el mundo creía girar, creía detenerse, creía saber también bailar. Mientras el mundo se salía de órbita.
Pensé mucho, en él, en su caótica levedad.
Lo recordé, y sonreí. Quizás aquella brisa no rasgara ahora mis ojos, quizás aquel estío ya no danzara a mi son, quizás aquel sueño solo fuera de verano. Pero lo recordaba, metamorfosis de canción.
Aunque tú no lo sepas, he vivido 20 años a la sombra de tus amores marchitos, aunque tu no lo sepas me he emocionado con tus alegrías, he llorado con tus derrotas y he sufrido tus decepciones. Aunque tú no lo sepas supe esperar el momento adecuado, supe contener la emoción del día antes, supe curar tus heridas con el cariño que merecías.
Aunque tú no lo sepas he pasado millones de amaneceres amarrada a tu ventana, mirando por un pequeño recoveco tu modo de dormir, tanto que me aprendí tus mapas ocultos, tanto que hoy puedo dormir sobre tu pecho como si fuera mi almohada desde niña.
Aunque nunca lo has sabido vigilaba tus pasos, y cuando en la soledad más absoluta llorabas, aunque no lo sabías, yo lloraba contigo.
Cuando diste lo mejor de ti recogí los triunfos a tu lado, pero en tus peores momentos, aunque no lo sabías, levanté mi cabeza por ti, apreté con fuerza los dientes y te impulsé a seguir hacia adelante.
Aunque tú no lo sepas he desayunado tus besos cada mañana, aunque no lo sepas fuiste mi peor droga y me mejor sueño. Aunque no lo supieses te hacía el amor cada noche, te lo hacía como si fuera la primera vez, como si siempre hubiéramos virado al son de ese dulce siroco.
Aunque lo sabías me inventaba un 24 cada mes, escribía excusas tontas en tu buzón y te mandaba cartas sin remitente. Aunque tú no lo sepas viajamos juntos a miles de sitios, visitamos ciudades, templos y palacios, aunque no lo sepas, fuimos siempre tu y yo, inmersos en una canción, unidos en un abrazo, fundidos en un beso, ese beso que no me diste una noche de marzo.
Aunque tú no lo sepas te conocía mejor que nadie, aunque no lo sepas era yo quien te escuchaba, mimaba y cuidaba. Aunque tú no lo sepas nos subíamos a algún tejado cada vez que tenias miedo, bailábamos cada vez que te alegrabas…aunque tú no lo sepas llevamos toda una vida hablando en plural.
Aunque tú no lo sepas he sido tu persona desde el día que te vi, aunque tú no lo sepas somos uno desde mucho antes que compartiéramos madrugadas…aunque tú no lo sepas has caminado toda tu vida en un sendero de velas, en una playa desierta…y ahora sé que eres el hombre de mi vida, aunque eso tú, probablemente, aun no lo sepas.
Las grandes letras inspiran grandes actos, porque quizás, en eso consista el arte, en dejarse llevar, porque quizás, escribir, solo sea beber del sentimiento de otros, dejar que todo fluya, al ver una película, al escuchar una canción, al leer algún poema, o al ver un simple gesto en un desconcido...y así nacen las grandes historias.
Un buen día, el gran Luis Garcia Montero, se dejó llevar, para regalarnos el maravilloso "Aunque tú no lo sepas", incluido en "Habitaciones Separadas". Para muchos, ahí termina el cuento, tras el punto y final, pero prefiero creer que no.
Su mujer, Almudena Grandes, también se dejó llevar, por estas palabras, desencadenando "El vocabulario de los balcones", en su libro "Modelos de Mujer".
Años después, Juan Vicente de Córdoba, también siguió la ola, guiado por la pluma de Grandes, para dirigir una película bajo el mismo título.
Cuenta la leyenda (y solo hablo de creencias), que otro buen día, Enrique Urquijo, buscaba una nueva canción, para su próximo disco. Muchos le enviaron sus letras, pero alguien le envió dos.
Y ese fue Quique González, otro más, grande, que se arropó tras los versos del poeta, componiendo una canción única, probablemente, la canción de mi vida. Supongo, que así, nacen las cosas que hacen de la vida un lugar que merezca la pena.
Dicen que le envió su propio "Aunque tú no lo sepas", y otra más, pero que Enrique solo llegó a escuchar la primera, y terminó la búsqueda. El disco "Desde que no nos vemos" quedó finalizado.
Años después, Quique lo incluiría en su delicioso "Pájaros mojados", del que muy joven me enamoré. Nunca entendí la última frase, y condenada sigo, rayando escaleras de caracol siempre que tengo ocasión.
Puede que sea yo quien nunca lo sepa...y aquí he dejado mi trocito de esta historia, muy pequeño, microscópico.
Puede que ellos quizás nunca sepan, que el comienzo de esta historia cambió mi vida. Que el aunque tú no lo sepas, es parte de ella. GRACIAS